20 mayo, 2018

The Walking Dead. Temporada 8


Tengo un problema. No se dejar las cosas a mitad.

En mi afán por saber el final de series que me engancharon en un principio y se han ido desinflando con el paso del tiempo, me encuentro con que sólo quiero que pongan fin a algo que hace tiempo que dejó de gustarme.

Ocho temporadas. OCHO. Y todos sabemos que The Walking Dead empezó a desinflarse hace ya tiempo. Entonces, ¿por qué ese afán en continuarla en vez de hacernos el favor de ponerle fin?


Ya prácticamente dan igual todos los personajes. Los que antes caían bien se convierten en sombras de sí mismos; quizás porque sabemos que pueden morir en cualquier momento, o quizás porque están tan desgastados que su personalidad se diluye entre escenas y más escenas de acción.

Y, con esta situación de por medio, llegamos a uno de los puntos más importantes de la serie: la muerte de Carl (Chandler Riggs). Al contrario que la de Glenn (Steven Yeun), o que la de muchos otros personajes que nos encantaban, la muerte del hijo de Rick (Andrew Lincoln) llega demasiado tarde. Da igual que sea tan importante para el trascurso de la temporada porque algo está fallando en sí en la serie.


A todo esto se junta una de las temporadas de The Walkind Dead donde menos parecen importar los zombies. Sumergidos de lleno en un guerra que avanza a paso de tortuga, parece que no se dan cuenta de que los espectadores queremos ver algo nuevo.

A pesar de esto la serie consigue que sigamos ahí, viéndola. Quizás sea porque, a pesar de una trama prácticamente vacía, nos encontramos con un Negan (Jeffrey Dean Morgan) que es uno de los mejores villanos de la televisión. O quizás es porque entre vacío y vacío nos meten escenas que nos recuerdan lo que fue una vez la serie.

Quién sabe, quizás es porque nos parecemos más a los personajes de lo que creemos, inmersos en cosas que no merecen la pena en vez de en lo importante.