21 junio, 2018

El hombre que mató a Don Quijote


Título: El hombre que mató a Don Quijote
Título original: The Man Who Killed Don Quixote
Director: Terry Gilliam
Año: 2018 
Género: Aventura, fantasía, drama



Sancho no acompañaba a Don Quijote por afición o amistad, que también.
Si le siguió a través de doncellas encantadas, feroces enemigos y mesetas castellanas fue porque, en el fondo... siempre quiso llegar a tener ese valor capaz de doblegar gigantes.
O al menos, así lo ha querido ver Terry Gilliam, y así lo cuenta para ese público que todavía está dispuesto a escucharle cual leal escudero, aunque la crítica no pare de proclamar su locura.

El Hombre que Mató a Don Quijote se merece cierta consideración especial al verse.
Han sido demasiados años de verla saltar entre las páginas de noticias, o asomarse a las webs del mundillo, siempre a punto de rodarse y nunca lo suficientemente cerca de concretarse.
Existía un Quijote mítico e inalcanzable, que como todas las quimeras ha tenido que ser un loco, el eterno Gilliam, el que la haga carne.


Y la única manera que ha encontrado de plasmarlo ha sido en el después de los sueños, cuando todas las mejores intenciones se han quedado lejos, y lo que antes fue brillante ahora solo es celuloide viejo: no cuesta mucho ver a Gilliam en Toby, el aguerrido director de publicidad que hizo realidad al Hidalgo de la Triste Figura en corto de estudiante, preguntándose dónde todo empezó a ir mal y por qué ahora no queda magia para rellenar fotogramas de rodajes caóticos y eternos.
Molinos de energía eólica rompen actualmente el paisaje de aquella brumosa quijotada acometida por él y sus compañeros, cuando se bebieron a tragos largos una fantasía que les dejó ebrios de grandeza y a la vez les llevó lejos del pueblo Los Sueños (qué entrañablemente cursi eres cuando te pones, Terry).
El zapatero fue Don Quijote, la dulce niña del posadero una Dulcinea que espera su caballero, y entre rollos de ficción y realidad se perdió un "te quiero" verdadero.

Contando todo eso como rastrojos de un bello espejismo con audio desincronizado, esta historia nos pregunta que cuándo fue.
Cuándo fue que dejamos de creer en imágenes atadas a un momento, que nos recuerden lo importante de todo esto. Cuándo fue que paramos de imprimir aliento mítico o hermoso a cada persona que cruzaba nuestra mirada. Y cuándo fue, por favor, que nos llenamos las entrañas de realidad, porque la fantasía ya no curaba.
La respuesta llega: fue cuando vimos que no podríamos hacer vida de ello, y salía más barato trabajar para esos reyes locos "que lo están comprando todo".
Aquellos que nunca sueñan, porque desde el principio lo tuvieron todo, y disfrutan sometiendo algo hermoso de lo que proclamarse dueño.


El pecado de Don Quijote no es distinto: ellos y él disfrutan entregándose a un grandioso sueño con bordes de pesadilla, como ese castillo anacrónico de tiempos pasados donde un ricachón juega a ser el Dios monárquico que ya no podría ser.
Pero ahí donde el sueño del millonario ruso Alexei está vacío, carente de esa chispa que intenta insuflar a spots publicitarios comandados por creativos jóvenes que maladaptan obras universales, el zapatero Iván tomó el espíritu de Don Quijote adoptando todo lo contrario, para recordar a casuales viajeros de carretera esa mejor parte de nosotros mismos en la que creímos todo posible.
El propio Toby, entre medias de ambas posturas, aceptó una Dulcinea de porcelana que no le deslumbrara con su belleza, para mantener a salvo su propio ego con una cobardía que jamás le recuerde sus tiempos de fantasioso caballero: se le hizo más fácil acostarse con Jacqui que aguantarle la mirada a la dulce e ingenua Angélica.

Es por eso que la serie de catastróficas desdichas que les hacen acabar juntos en absurdo viaje a molinos que son/eran/pudieron ser gigantes suenan naturales, como si una ilusión del pasado que se le hizo tonta por antigua estuviera arrastrando al antaño joven director a una manera de ver el mundo que nunca debería haber abandonado.
La relectura de Miguel de Cervantes se hace aburrida por exagerada (eterno mal de Gilliam), pero también divertida por ser extrañamente irónica: en tiempos actuales, de Guardia Civil que escolta reos y musulmanes hechizados por Malambrino, sigue habiendo hueco para altos ideales, siempre que exista el valor loco de soñadores caballeros.



Pero, pese a toda la diversión, esta no era una celebración del Quijote; el título ya lo decía, esto es su muerte.
La muerte del heroísmo, en tiempos donde cuesta ejercerlo y resistirse a vender tus débiles sueños blanquinegros al poderoso dinero, que es capaz de conjurar lujuriosos carnavales enteros.
Qué le vamos a hacer, cada vez cuesta más encontrar una Dulcinea al contraluz de una bella cascada, que no tenga que irse porque las esperanzas no pagan facturas.

Aunque siguen existiendo Dulcineas, como siguen existiendo Quijotes.
Lo único que se puede desear es que siempre sigan viendo, y siendo, gigantes.

Todo para que su triste figura al sol del atardecer nos recuerde esa orden de caballería que nos juramos a nosotros mismos, y a nadie más.

Escrito por Carlos Sainz