04 abril, 2017

Ghost in the Shell


Título: Ghost in the Shell
Año: 2017
Director: Rupert Sanders
Género: Acción, ciencia ficción

Quizá es inevitable que, tarde o temprano, todas las buenas obras de manga o anime acaben readaptándose para un público masivo pasando por el filtro estadounidense, dado el atractivo de su material. Sin embargo, habría que ver hasta qué punto el transvase no mata las cualidades más "extrañas" o inusuales del original, o peor aún, las normaliza porque ya han sido mil veces vistas en otras historias ajenas.

Si algo no puede sorprender y ya se ha visto... ¿para qué volver a ello?


Afortunadamente, en esta nueva versión, Ghost in the Shell es muy consciente de esta trampa, y se permite ser más inteligente de lo que parece al respecto: no se arriesga demasiado, a veces bordeando peligrosamente la copia aguada y rancia, pero tampoco se queda de brazos cruzados siguiendo un esquema ya conocido.

Si en su momento la preocupación estaba en el espíritu humano despertando a frías máquinas, aquí es al contrario, con personas mejoradas cibernéticamente que buscan un cálido asidero de humanidad en sus casi inhumanas vidas.

La Mayor Mira Killian comienza a tener difuminadas imágenes de una vida que pudo conocer o no, y eso le despierta la pregunta de cuánto de sus recuerdos le pertenece. A la vez, comienza a seguir junto a sus compañeros de la sección 9 a un terrorista conocido como Kuze, un misterioso personaje que despierta inquietudes personales dentro de lo que solo eran misiones rutinarias.

En principio todo igual sin apenas novedad, pero pronto se empiezan a apreciar detalles.


Porque Rupert Sanders no olvida la frialdad urbana del original, donde edificios carentes de vida resaltaban justo eso en los cyborgs que los habitaban, pero se permite darle una interesante vuelta de tuerca: esta futurista Tokio está habitada por gigantescos hologramas publicitarios, como fantasmas imperturbables que a su vez representan nuestra fijación del continente sobre el contenido, y la notable desconexión sobre lo real que impera sobre todos los que conviven con ellos.

La Mayor recorre las calles buscando un motivo, una duda sobre su cuadriculada existencia, una señal de que no todo es perfecto y nunca empezó a serlo: algunos de los mejores momentos que intentan aportar profundidad a su personaje, lejos de la cansina y sobada acción, la tienen a ella preguntándose sobre el tacto de unos labios en la piel, y a Scarlett Johansson poniendo todo de su parte para que nunca veamos la certeza en su mirada.

Casi podría decirse, irónicamente, que esta propia película es una máquina, buscando insistentemente el alma que solo su versión anime llegó a tener.


Por el camino hay muchas cosas que molestan: reducción de las interesantes reflexiones existencialistas del original, un pelín de drama de baratillo, excesivo blanco y negro entre buenos y malos, y el habitual "agencia contra su propio agente" que garantiza algunos tiros pero desperdicia muchos minutos.

Aunque, haciendo un esfuerzo por olvidar todo lo anterior, te encuentras con el relato de una cyborg luchando desesperadamente por la propia humanidad que le negaron tener, y no sé qué puede venir más al pelo en este siglo, en el que prácticamente vivimos en redes sociales y nos convertimos en la imagen ideal que en ellas proyectamos.

Si tener cierta moraleja sobre los peligros de nuestra propia autoconsciencia tecnológica es rasgo de buena película futurista, esta nueva Ghost in the Shell pasa con creces la prueba.


La clave ha dejado de estar en las vastas praderas digitales, donde ya sabemos que hay vida y hasta casi inteligencia, y se ha vuelto a trasladar a ese pequeño centímetro personal donde habitan los recuerdos, los que escapan a la comprensión de una máquina.

Sucios, dolientes y arrepentidos recuerdos.

Demasiado imperfectos para que la Mayor los observe, sin sentir que algo parecido a un espíritu se revuelve en su dura coraza.

Por si acaso costaba a los aficionados superarlo, al final queda totalmente claro: Motoko Kusanagi está muerta, y la Mayor Mira Killian es quien ocupa su lugar.

Una subtrama personal de la protagonista, algo superficial, que sin embargo sirve perfectamente como reescritura del original, y simbólico paso de testigo de la versión de 1995 a esta del 2017. Y, por lo menos a mí, me resulta difícil buscar fallos gordos a una historia que intenta por todos los medios no parecerse a su predecesora.


Algo también presente cuando el fallido sintético Kuze invita a la Mayor a morir juntos.

"Ven conmigo" "No"

Porque, por mucho que sus actuales y gastados cuerpos mecánicos les hayan alejado de esa derruida casa de su infancia, morir significaría la victoria para los que les consideran solo pruebas de un experimento, mientras que vivir, aún en la frontera de lo humano, parece un desafío más valiente.

Entrada hecha por Carlos Sainz

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