02 julio, 2017

Baby Driver



Título: Baby Driver
Año: 2017
Director: Edgar Wright
Género: acción, crimen
FICHA DE SENSACINE

Muchos dicen que la música en las películas está sobrevalorada, que es una barata manipulación de emociones en un arte donde debería sobresalir lo visual.

Demasiado poco se rebate ese argumento, para lo muy equivocado que está.

¿Acaso no vibramos cuando una nota está en el lugar correcto?
¿No asociamos una canción bien escogida a imágenes en movimiento?
¿Es que no hemos tarareado bandas sonoras cuando nos embarga la emoción del momento?
Somos seres musicales, funcionando mejor cuando suena el acorde perfecto.

Para probarlo, ahí que ha creado Edgar Wright esta deliciosa Baby Driver: una canción de casi dos horas a ritmo trepidante, punteada por los disparos de atracos, metronometrada por los frenazos de las persecuciones y a todo volumen para que no perdamos detalle de sus matices.
¿La historia? Esa misma, la de siempre. Poco importa una canción, siempre que en sus notas se hable desde el corazón.
(Y a tópico suena, pero espero que no te dé pena.)


Baby es conductor de atracos, no en busca del golpe perfecto, sino del día en que por fin deje de necesitarlos.
Para él las caras no importan, solo el sonido de las llantas quemándose, mezcladas con la canción adecuada, mientras navega entre el caos urbano como si pudiera anticiparse a él.
Al final del día, solo necesita seguir escuchando una pista en el silencio, y ni las caras de sus asociados ni el dinero conseguido importan demasiado.


Entonces aparece Debora: ya la hemos visto de pasada, rompiendo levemente el compás perfecto de esa canción infinita que es la vida de Baby.
Pero, lejos de querer romperla, lo que Debora busca es combinar sus respectivas canciones, que nunca suenan mejor que cuando están juntas.
Nada más y nada menos que el clásico amor imposible de dos jóvenes, que cada vez que miramos detrás tienen a alguien diciéndoles que dejen de soñar y que vuelvan al trabajo.


La canción de Baby crece salvaje y agresiva, mientras él se da cuenta de que esa sinfonía de amenazas, portazos y tiros nunca va a dejar de oírse tras sus auriculares.
Quizá Baby sea un crío en más aspectos que en el nombre, siempre obediente, siempre dispuesto, atrapado para siempre en una infancia que se terminó cuando solo le quedó vivir conectado a un Ipod tras el que nadie pudo obligarle a madurar.
Y por eso su rebeldía adolescente ha llegado demasiado tarde, espoleada por una hermosa chica que le pide conducir hacia el horizonte, con un coche caro y el plan más pobre que se tenga.

Hay crueldad en Baby Driver, y nos olvidamos de que existe porque su propio protagonista la ha ignorado hasta que no ha podido más.
Pero también, como en las mejores historias, hay esperanza, buenos sentimientos y amor, escondidos, casi sepultados por una maraña de ruidos que nunca alborotan más que cuando deben apagarse.
Edgar Wright conecta con ese "homo musicalis" que sintoniza ritmo propio, y nos dice que, de vez en cuando, está bien apagar la radio que escuchamos todos los días.

Y yo me quedo sorprendido, porque una historia que conecta tan bien con un impulso tan primario sepa que parar es necesario, y buscar otro ritmo algo casi involuntario.
No se debería dejar la música sonar... sin escucharla con una imagen, una sensación, una persona que la haga perdurar.


Crítica escrita por Carlos Sainz

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